Liberté et sécurité

Artículo escrito para Students For Liberty Barcelona

Liberté et sécurité

Durante estos dos últimos días, el mundo ha puesto sus ojos en la capital francesa. La noche del 13 de noviembre los corazones de los parisinos se llenaron de terror cuando yihadistas del Estado Islámico (en su mayoría suicidas) atentaron en diversos puntos de la ciudad. El eco violento de sus atrocidades resonó fuertemente en lugares que fueron desde un Stade de France en el que Francia disputaba un amistoso con Alemania, a diversas calles y restaurantes llegando incluso a producirse un secuestro prolongado de 120 rehenes en el Teatro Bataclan, lugar donde se concentró la mayor cantidad de fallecimientos.

Pronto el miedo dio paso a la solidaridad dejando aflorar lo mejor que tienen los parisinos, a los que pudimos ver haciendo cola para donar sangre a los 300 heridos hospitalizados mientras el mundo contenía el aliento y se solidarizaba a través de las redes sociales de múltiples maneras.

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Pero el miedo que puede llevarnos a realizar los actos más bondadosos puede también dejar paso al odio que mueve a personas como los yihadistas a perpetrar crímenes que hacen encoger nuestras almas. No quiero que se me malinterprete, los asesinos y las personas que les apoyaron merecen y deben ser castigados con dureza. No obstante, no parece razonable hacer pagar a inocentes recortando derechos y libertades siendo este el tipo de sociedad que queremos proteger de amenazas como la sufrida en París.

No tenemos que remontarnos muy atrás para darnos cuenta de lo que estamos hablando. Como todos bien nos acordamos, igual que en adelante nos acordaremos de los atentados de París, los atentados del 11 de septiembre de 2001 supusieron un shock para la sociedad norteamericana y el mundo en general. Todo se paró aquel día histórico y apenas un mes después se aprobó por abrumadora mayoría política la USA Patriot Act (Ley Patriota), ley que daba manga ancha al Estado para vigilar y espiar a sus propios ciudadanos recortando libertades y derechos constitucionales. Pero no sólo eso está en juego la intimidad de los ciudadanos franceses, también lo está esa tolerancia religiosa de la que los europeos a día de hoy (y después de muchos siglos de represión) podemos disfrutar pero que, por desgracia, no pueden ni soñar aquellos residentes de países obligados a profesar una determinada fe, como ocurre con los vasallos de los insurrectos y tiranos del autoproclamado “Estado Islámico”.

No permitamos que el horror nos impida reconocer derechos y libertades que damos inocentemente por sentadas. Tampoco permitamos que el dolor de miles y miles de refugiados que huyen precisamente de aquellos que han hecho daño en París sea ignorado tras las fronteras europeas.

La libertad se lucha cada día en esa eterna guerra eterna que mantiene contra el noble deseo humano de obtener seguridad para nosotros y los nuestros. Ahora más que nunca, creamos en la sociedad abierta en la que no creen los terroristas.

Libertad y buenos humos

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