Límites al derecho a las drogas

Artículo escrito para la Revista Cáñamo


Un absoluto libre mercado de drogas (y cualquier alternativa a ello) tendrá siempre problemas por el sencillo motivo de que los seres humanos no somos ni podemos ser perfectos. Si uno quiere abandonar el hábito del consumo más de lo que quiere seguir consumiendo y no puede, tiene un problema. Si alguien decide tomarse unos chupitos de Jägermeister para después ponerse al volante, tiene un problema y, además, puede poner en serios problemas a terceras personas.


Los riesgos a equivocarse estarán siempre presentes en todas las etapas de nuestra vida, pero eso no significa que tengamos que lanzarnos a los brazos de Estado al primer indicio de peligro. La intervención pública al “proteger el bienestar” de sus ciudadanos, inevitablemente vulnera derechos y libertades sostenidos en valores generalmente aceptados por la sociedad, por ejemplo: la libertad, la tolerancia y el no hacer a los demás responsables de nuestros propios actos. ¿Son importantes estos valores? desde luego, ¿es importante el bienestar de las personas? no me cabe duda.

Si queremos ser consecuentes con los principios que creemos correctos, debemos ser capaces de compaginarlos y darles la importancia que merecen.

Cualquiera debería tener, en principio, un amplio margen de libertad para equivocarse que los demás tendrían que tolerarle. De la misma forma, nadie debería moralmente tomarse la libertad de dañar a otras personas y, en ocasiones, no deberíamos siquiera tener libertad legal para hacerlo severamente. En líneas generales respecto a las drogas, concluyo que sólo podemos castigar conductas que también castigaríamos si no mediase droga alguna.

Aunque Thomas Szasz no acaba de intuir (creo) esa premisa para evaluar qué comportamientos deben o no castigarse con respecto a las drogas, si llega a casi las mismas conclusiones:

“…el estado está legitimado para prohibir la conducción a gente que no sabe conducir, y para prohibirla a quienes saben conducir si su capacidad queda deteriorada por el uso, o por la falta de uso, de drogas. Este principio justifica retirar el permiso de conducir a culpables de infracciones cuando conducen intoxicados, y conceder el permiso a epilépticos sólo a condición de que conduzcan bajo el efecto de drogas anticonvulsivas. Por otra parte, los análisis obligatorios de drogas (periódicos o al azar) están justificados en ocupaciones donde un deterioro del trabajador ponga en peligro al público, como por ejemplo la aviación comercial.

No deseo finalizar esta serie de artículos del genial libro de Szasz sin hacer una conclusión final parecida a la que él apunta en las dos últimas páginas:

La labor de todo activista que crea en un cambio social a largo plazo que sostenga una amplia esfera de libertad para ejercer su legítimo derecho a la producción, distribución y consumo de drogas, debería ser incidir en aquellos valores morales que generalmente damos por válidos. Pensar en criterios de eficiencia mientras jugamos a ser ingenieros sociales amos y señores de la vida de los demás, podrá ganar adeptos en el corto y medio plazo, sin embargo, creo que al final todos soñamos con hacer de éste un mundo mejor, y esa búsqueda de la buena vida en nuestro anhelado mundo mejor no deja de ser un juicio ético construido en diversos valores morales. Por eso, la libertad, la tolerancia y la responsabilidad individual se me antojan las mejores armas que esgrimir para conseguir un cambio social duradero en el largo plazo.

Nuestro problema —suponiendo que nosotros consideremos que el comercio o el consumo de otras personas constituye un problema (el traficante tiene un negocio, el consumidor un hábito)— es que también tenemos un hábito: a saber, preferir una economía de control sobre las drogas a un libre mercado de drogas. Para cortar este hábito, tenemos que invertir nuestras preferencias morales y volver a adoptar las bases verdaderas de un orden social liberal; lo cual significa que deberíamos valorar más la cooperación que la coacción, más el autocontrol y la automedicación que la intromisión y la «terapia», más un libre mercado de drogas que una prohibición de las drogas.“

Libertad y buenos humos

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