No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal

Artículo escrito para la Revista Cáñamo

Elegir gobernantes para que fuercen a sus ciudadanos a no tomar cosas de las que podrían privarse ellos mismos. ¿Cuál es el motor que impulsa a las personas esquivar tan funesta tentación hasta el punto de delegar en otros algo que podrían intentar eludir personalmente?


Esencialmente, la cobardía. Esa falta de valor que también en última instancia ayuda a resistir la tentación a hombres y mujeres como individuos competentes, cuando es delegada al gobierno, los deja en el mismo lugar que a niños indisciplinados e irresponsables a los que se les presume no poder valerse por sí mismos. ¿Deberíamos considerar a esta clase de “adultos” evasores de sus propias responsabilidades capaces de tomar decisiones de mayor calado como elegir a representantes que dictarán leyes que nos afectarán a todos y a cada uno de nosotros?

Personalmente, pongo en duda que aquellos que voten por miedo a caer en su propia indisciplina, dejando la responsabilidad de autogobernarse a otros, sean personas idóneas para emitir un voto que condicione las vidas de otros. Creo, no obstante, más razonable poder votar, no para impedirse a uno mismo caer en su propia

tentación, sino para prohibir a otros incurrir en tentaciones que, pobrecitos, no pueden evitar por sí mismos. Eso tendría más lógica, si bien seguiría suponiendo una violación al derecho de otros de autogobernarse libremente acometiendo o no errores en el ejercicio de esa libertad.
Lo que me parece ridículo, es presumir que la irresponsabilidad de uno mismo la padecen necesariamente el resto de seres humanos y, por tanto, es necesario forzar mediante el voto al resto de ciudadanos para que disciplinen sus competencias individuales.

Extrañamente, Szasz no hace esa observación aunque profundiza exhaustivamente durante este capítulo concreto sobre el significado de la tentación y, en general, a lo largo de todo el libro las motivaciones de los votantes y de los legisladores en la construcción de la Guerra contra las drogas.

Abundantes ejemplos ilustran cómo la tentación ha sido objeto de recelo histórico. No es de extrañar que en nuestra sociedad “atea” actual seamos herederos de esa concepción moral judeo-cristiana que, nos lo creamos o no, tomamos a la tremenda para impulsar leyes liberatorias de ese motor al pecado que es la tentación.

Bendito sea el hombre que resiste a la tentación”. Nuevo testamento

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Padrenuestro

Obtenemos la fuerza de la tentación que resistimos”. Ralph Waldo

Siendo Szasz quien expone brillantemente como siendo sucesores culturales de un pasado cuya historia religiosa aún nos moldea, advierte en la primera parte del capítulo presente sobre la conexión que se forma entre las drogas y la tentación

Las tentaciones que la gente ha considerado, y probablemente considerará siempre, más difíciles de resistir son el sexo, el dinero y el poder. Las drogas y la comida están, por supuesto, en esta lista, pero en ningún lugar ocupan los primeros puestos. Con todo, nuestro <<problema de drogas>> puede contemplarse con provecho en términos de lucha contra la tentación, que es precisamente la manera en la que muchos americanos del siglo XIX lo contemplaron.”

Uno de estos americanos, Mark Twain (autor de “Las aventuras de Tom Sawyer”), tal y como nos ofrece Szasz, dió frases jocosas recurrentes sobre el asunto:

Hay gente que se priva rigurosamente de todas las cosas comestibles, bebibles y fumables que de algún modo hayan adquirido una dudosa reputación. Pagan este precio por la salud. Y salud es todo lo que consiguen. ¡Qué extraño resulta!”.

  • Falta de voluntad libre, falta de libre mercado

El discurso actual es, demagógicamente, una generalización de casos concretos a la totalidad de la población para justificar una prohibición de carácter general. La incapacidad de unos que por circunstancias concretas sucumbieron a la tentanción de probar poderosas drogas adictivas, sirve para presumir una falta de voluntad libre nunca demostrada a individuos que, sin embargo, muchas veces mantienen por decisión voluntaria prohibirse a sí mismos rodearse por drogas usando el voto.

El mercado libre, lugar de encuentro para personas que dan rienda suelta a su voluntad libre de ponerse de acuerdo entre ellas sin intermediaciones y prohibiciones violentas, queda por tanto enterrado, excluido de un mundo que eligió acabar con él y, por tanto, con la posibilidad de explorar ampliamente el libre albedrío de los individuos vendiéndose a una idea protectora paternalista que, un siglo después de su arranque, se ha cobrado ya demasiadas víctimas.

La cuestión de la voluntad libre se plantea solamente para afirmar su ausencia y, por ello, la inadecuación de las relaciones de mercado en la vida económica en general, pero especialmente allí donde están implicados bienes y servicios cargados emocionalmente, tales como drogas y atenciones sanitarias. De hecho, ¿para qué se otorgaría a las personas la capacidad de elegir <<correctamente>> porque son demasiado jóvenes, demasiado viejas, mentalmente enfermas o incompetentes por cualquier razón?

¿De dónde tomamos nuestra imagen de la (falta de) voluntad libre? La triste verdad es que la tomamos de, y la fundamos en, la imagen de la voluntad debilitada del <<chico>> estereotipado del centro ruinoso de una gran ciudad, falto de familia, educación y esperanza, y enfrentado a la tentación de consumir y comerciar con una droga poderosa inductora de placer – típicamente, el crack –.”

El hecho de que a los guerreros antidroga les guste tanto basar sus argumentos en esta imagen del chico maltratado que sucumbe a la tentanción muestra que juegan con dado cargados: ¡se nos ofrece esta caricatura para justificar la prohibición de la venta de drogas a adultos competentes!.

Libertad y buenos humos

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