Foods and Drugs Act y la ley Harrison

 

 

 

 


Artículo escrito para la Revista Cáñamo

En el último artículo repasamos brevemente la cruzada moral previa a la Guerra contra las Drogas, a saber: la Guerra contra la obscenidad. Pudimos observar argumentos de índole puramente paternalistas con los que purgar del pecado a la nación redentora norteamericana; ya sea por caudillos políticos con fines electoralistas que buscan chivos expiatorios para salvarnos de nosotros mismos, ya sea por conquistar un orden moral utópico que perfeccione al propio ser humano o, para extender las zarpas de la maquinaria burocrática a la propiedad que nos permite caer libremente en nuestros vicios privados. Todo alimentado por nosotros mismos, todo alimentado por la (falsa) dicotomía del nunca acabar “libertad contra seguridad”.

Hoy veremos como, aunque siendo una cruzada moral distinta revestida de Estado terapéutico, los argumentos que alimentan la Guerra contra las Drogas no distan de ser muy semejantes a los utilizados durante la Guerra contra la obscenidad. Además estudiaremos otras premisas.

La Food and Drugs Act de 1906. 

Thomas comienza, y así os lo expongo yo, con un poco de historia:
“Antes de 1907 todas las drogas podían comprarse y venderse como cualquier otro bien de consumo. El fabricante ni siquiera tenía que revelar los componentes de la mixtura.”

“Aunque no hay evidencia de que los consumidores americanos se quejaran nunca del libre mercado de drogas, sí la hay de que sus autodesignados protectores lo hicieron amarga y ruidosamente. El primer acontecimiento importante en la normativa federal sobre drogas (y alimentos) fue la Food and Drugs Act de 1906. ¿Qué se propuso lograr el Congreso con esta legislación, en apariencia digna de elogio? Proteger al pueblo de la venta de alimentos o drogas “adulteradas” o “falsamente etiquetadas”, esto es, “dar seguridad al cliente sobre la identidad del artículo comprado, no sobre su utilidad”.

Para el que no lo haya entendido, básicamente el gobierno se metió en algo que previamente era totalmente libre: el “derecho a la automedicación desinformada” por así decirlo. Pudiendo el usuario, hasta aquel entonces, comprar drogas para después consumir el producto sin necesidad de que el productor tuviese que expresar sus componentes. Y en concreto hacía referencia a las panaceas entonces favoritas de los americanos: alcoholes, hipnóticos y sedantes.

“Que para los propósitos de esta Ley un artículo también deba considerarse falsamente etiquetado si el paquete no revela en el prospecto la cantidad o proporción de alcohol, morfina, opio, cocaína, heroína, alfa o beta eucaína, cloroformo, cannabis, hidrato de cloral o acetinilida.”

Ojo, hay que apuntar un dato importante antes de proseguir, obligar al productor a etiquetar los componentes no es lo mismo que divulgar información falsa, es necesario separar lo que es la no-divulgación y lo que es fraude (divulgación falsa), y por lo tanto delito penal. Muchos pensarán, y en parte tendrán razón, que el Congreso no limitó la libertad de expresión de los fabricantes de drogas (pues aún podían exagerar o alterar los méritos terapéuticos del producto) o la libertad del consumidor para disfrutar o sufrir a su elección consumiendo toda clase de drogas. Podría pensarse que la Ley daba, simplemente, más poder al consumidor desinformado y que, por lo tanto, era digna de elogio.

Grave error. Aunque las intenciones pudieron ser bienintencionadas, inmediatamente hubo dos efectos negativos y posteriormente un mucho más grande efecto a medio plazo y largo plazo totalmente destructor y difícilmente reversible. El primer y segundo efecto, que son los menos graves a mi parecer, consistieron en privar inmoralmente al consumidor de la posibilidad de hacer un trato desinformado y reduciendo el principio rector de caveat emptor (el principio que hace responsable de una compra diligente al comprador); si los consumidores desean informarse acerca de la composición de los productos, no tienen más que comprar productos cuyos componentes estén señalados abandonando las opciones no-divulgativas y dejar a éstos últimos productores arruinarse. Impulsar esta medida pudiera ser también algo inocuo en lo que a “responsabilidad” se refiere ¿un consumidor despreocupado va a leer el etiquetado aunque el Estado obligue a los productores a desvelar la composición? No parece probable, siendo una injerencia en el mundo de las drogas que, aunque leve, comienza a introducir al Estado donde antes no había conseguido entrar.

El tercer efecto es, básicamente, que se abre la veda a toda clase de excusas por parte del recién creado Estado terapéutico protector que, como veremos más adelante, comenzó a minar a pasos exponenciales nuestro acceso y derecho a las drogas hasta convertir en criminales a los productores y en enfermos a los consumidores. En palabras de Szasz

“Aunque en algunos puntos la Food and Drugs Act de 1906 fue un ejemplo de legislación saludable, porque aumentaba el poder del consumidor para hacer una elección informada en el mercado, su promulgación permitió al gobierno federal entrar en un campo en el que era necesaria una vigilancia máxima para contener su poder”.

Los tres efectos son resultado de ese paternalismo estatal que, al igual que en la Guerra contra la Obscenidad, buscará salvarnos de nosotros mismos e introducirán al Estado en nuestra propiedad. Todo simplemente dando un leve pasito “en favor” de cierta seguridad y perdiendo “sólo un poco de libertad”. A partir de aquí, comienzan los malos argumentos análogos a sus predecesores en la Guerra contra la Obscenidad que convertirán a Estados Unidos en la nación que nos intentará arrebatar de nuestro derecho a las drogas.

La ley Harrison y sus consecuencias
Bajo legitimación terapéutica, en 1914 comenzó la verdadera cruzada dura por empezar a construir un orden social utópico. La aprobación (de dudosa constitucionalidad) de la Harrison Narcotics Tax Act significó acabar de entrar en el mercado de drogas con una patada tan fuerte, que a partir de entonces, no sólo únicamente se permitía el consumo de opiáceos y cocaína únicamente bajo prescripción médica, sino que gravaba con impuestos (además de registrar los movimientos personales) a los productores, importadores, manufacturadores, dispensarios, vendedores y en general, cualquier persona relacionada con el movimiento de estas sustancias.

El cambio de mentalidad justificando, igual que en la Guerra contra la obscenidad, una reforma moral que tuviese como objetivo no caer en la indisciplina de nuestros vicios privados fue tan fuerte, que el propio Tribunal pasó de dudar de su legalidad a que los magistrados declarasen la sumisión total al Estado terapéutico en sólo 6 años:

“En 1915, el tribunal mantuvo su vigencia, pero expresó dudas sobre su constitucionalidad (Aunque la Opium Registration Act del 17 de diciembre de 1914 pueda tener sus fines morales, además de ser fuente de ingresos, esta corte la interpreta como mera norma fiscal vistas las graves dudas en cuanto a su constitucionalidad, excepto como medida para recaudar ingresos) Con todo, sólo seis años más tarde el Tribunal consideró tabú cualquier objeción a la prohibición federal de drogas. En Whipple v. Martison los magistrados declararon:

No puede ponerse en cuestión la autoridad del Estado, en ejercicio de su poder político, para regular la administración, venta, prescripción y uso de drogas peligrosas formadoras de hábito… El derecho a ejercitar este poder es tan manifiesto en interés de la salud y el bienestar públicos que resulta innecesario abrir un debate, bastando por afirmar que está demasiado firmemente establecido como para ponerlo en tela de juicio con éxito.

El lavado de cerebro había empezado. El Estado ahora tenía, como dice literalmente Szasz, una inmunidad casi papal ante el desafío a su autoridad.

“Así el rechazo de uno de nuestros más básicos derechos constitucionales ha llegado a transformarse en reverencia por uno de nuestros más funestos dogmas religiosoterapéuticos.”

Thomas no lo expone en el libro, aunque personalmente huelo que lo intuye, pero es importante señalar que el Estado posee una autoridad política (sólo porque nosotros se la otorgamos servilmente) con la cual puede hacer cosas que nosotros no podríamos hacer por considerarlas inmorales. Es decir, imaginad la persona más prohibicionista que conozcáis ¿ésta persona encerraria violentamente a cualquier desconocido por producir marihuana y venderla por ahí a otros desconocidos? ¿lo haríais vosotros con una droga que consideráis que debe estar prohibida? Asumid por supuesto que tenéis la fuerza física necesaria para hacerlo con éxito, ¿merece la pena utilizar la fuerza para eso?

No todo lo que suponemos que “está mal” debe ser prohibido. Existe algo llamado tolerancia que nos empuja a aceptar los estilos de vida ajenos sin tener que compartirlos y que nos impide, a no ser que seamos unos sociópatas sin empatía, arremeter violentamente contra todo lo que no nos gusta. Si nosotros no lo podemos hacer, no concedamos al Estado la posibilidad de hacerlo, un acto no es moral o inmoral porque lo haga una u otra persona sino por la naturaleza del acto en sí.

El camino a lo largo del siglo XX que estamos describiendo va totalmente en contra de esos valores de tolerancia. Victoria tras victoria, la inmoralidad prohibidora estadounidense consiguió suprimir en 1920 el alcohol, en 1924 la heroína (si no en la práctica, al menos en teoría) e incluso intentó expandir esa cruzada a otros países durante la Tercera Convención sobre

el Opio de 1925, pidiendo la a otras naciones que prohibieran la fabricación medicinal de heroína. Utilizado entonces ampliamente en el mundo desarrollado.

“En mi opinión, esa política de desarme unilateral con la heroína simbolizaba -como la Prohibición un engañoso compromiso americano de representar el papel de nación purificada de drogas”.

Llegados a este punto histórico, Thomas se enciende y expone una reflexión que ojalá se les pudiera haber pasado por la cabeza a los estadounidenses deseosos de ser controlados por políticos salvadores al menos durante un breve momento:

“Al contar esta historia es imposible no exagerar la importancia de algo: aunque inicialmente las leyes sobre drogas se dirigieran a proteger a las personas de las drogas que otros deseaban venderles, ese objetivo quedó pronto reemplazado por protegerles del <<abuso>> de drogas que ellas mismas deseaban comprar. El gobierno nos despojó así con éxito no sólo de nuestro derecho básico a ingerir cualquier cosa que elijamos, sino también de nuestro derecho a cultivar, fabricar, vender y comprar productos agrícolas utilizados por el hombre desde la antigüedad”.

América abraza el paternalismo terapéutico
“Durante las dos primeras décadas de este siglo convergieron varios programas proteccionistas -prohibir el alcohol, suministrar alimentos y drogas, puros, limitar el acceso a determinados productos farmacéuticos-, y se reforzaron unos a otros. Todos estos programas se definían, naturalmente, comoreformas, descartando cualquier oposición. Y todos se basaban en la opinión, que conquistaba apoyos rapidamente en el país, de que el mundo se estaba convirtiendo en algo demasiado complicado para que la gente común lo manejara sin la ayuda activa del Estado proteccionista, cuyo deber sería salvarguardar al pueblo de los peligros de introducir productos indebidos en sus bocas o en sus cuerpos.”

“Tanto la derecha como la izquierda abrazaron el proteccionismo. La izquierda, intoxicada por el anticapitalismo, descubrió que el alcoholismo era una enfermedad causada por el libre mercado.” La derecha, intoxicada con la religión, afirmó sin ambagues que el alcoholismo era pecado.

La nación norteamericana había caído ya en el espiral de prohibición y justificaciones absurdas. La libertad había muerto: las prohibiciones se vendían como “reformas” y los políticos prohibicionistas de derechas o de izquierdas eran igualmente inquisidores con diferentes excusas. Papá-Estado, revistiéndose de seguridad, le echaría a partir de entonces un pulso a la libertad y desataría una cruenta Guerra contra las Drogas que a partir de entonces corrompería a la sociedad.

En la siguiente entrega, al igual que hace Szasz, haremos un break y reflexionaremos comparativamente gracias al autor que facilita (Lysander Spooner) entre vicios y crímenes.

Libertad y buenos humos

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