De la mojigatería pornográfica a la Guerra contra las Drogas

Artículo escrito para la Revista Cáñamo



Muchos ignoran (y así lo ignoraba también un servidor) que la nación norteamericana, supuesta tierra de libertad, tuvo una cruzada moralista previa a la guerra contra las drogas: la guerra contra la obscenidad. Para comprender por qué América, la nación redentora, cargó contra el pecado de la lujuria para después ponerse a la cabeza de tan larga lucha contra las drogas, viene bien situar la histeria actual en el contexto de la vocación histórica de esta nación por sostener cruzadas morales.

Desde la época colonial, el pueblo americano ha mostrado dos inclinaciones vitales poderosas, aunque contradictorias: atender a su interior, aspirando a perfeccionar el yo mediante la lucha por la autodisciplina, y atender al exterior, aspirando a perfeccionar el mundo mediante una conquista de la naturaleza y una reforma moral de los otros. El resultado ha sido una ambivalencia extraordinariamente intensa hacia gran número de actos que producen placer (el uso de drogas es sólo uno de ellos), y una desgana igualmente intensa por lo que respecta afrontar esa ambivalecia…

Una vez más, la dicotomía “libertad contra seguridad” se hace patente en tanto en cuanto resulta más cómodo para algunos prohibir que aprender a controlarse. Resulta más fácil a veces limitar la vida de los todos por miedo a caer en la indisciplina de uno mismo, y a su vez, es difícil reconocer a las personas la oportunidad de aspirar a llevar una vida en que queden patentes las debilidades propias en el autocontrol de nuestros impulsos y placeres privados. No obstante, cualquier pueblo es potencialmente un conquistador moralista de sus semejantes ¿por qué los estadounidenses especialmente, y no otros, llevan en su ADN histórico este puritanismo mojigato

¿Qué hace de una persona un americano? No la lengua inglesa, porque demasiados americanos no la hablan, o la hablan muy incorrectamente. Tampoco la Constitución, porque demasiados americanos no saben qué dice y, si lo supieran, la rechazarían. Personalmente propongo que, al carecer de los fundamentos usuales sobre los que un pueblo se integra como nación, recurrimos por lo general a la base más primitiva pero más permanente para cohesionar grupos, a saber: la creación de chivos expiatorios. De aquí la pasión americana por cruzadas morales, que gracias a la moderna medicalización de la ética se presentan ahora como cruzadas contra la enfermedad.

…En pocas palabras, no debemos subestimar el ascendiente demagógico que ha ejercido siempre, y continuará ejerciendo, sobre las mentes de hombres y mujeres, la esperanza de fulminar el mal con adecuados medios dramáticos. Los romanos, tan bárbaros, tenían circos donde presenciaban la lucha a muerte de gladiadores. Nuestros circos –desparramados por portadas de periódicos y revistas, fulgurando incesantemente desde pantallas de televisión- nos entretienen con nuestros propios espectáculos civilizados y, naturalmente, científicos. Senos muestra cómo drogas ilícitas malas dañan y matan a sus víctimas, y cómo drogas psiquiátricas buenas las curan de sus inexistentes enfermedades mentales”.

Según Szasz, el delirio norteamericano vendría impulsado probablemente por una herramienta utilizada tantas y tantas veces a lo largo de la historia para crear una fuerte sensación de grupo: culpabilizar algo o a alguien externo. A los seres humanos nos gusta, nos hace sentir parte de los buenos, parte de los que tienen una conciencia colectiva lo bastante preocupada como para salvarnos y salvar a

otros de cierta amenaza. Yo añadiría incluso, que a los políticos no les cuesta además, nunca buscar excusas para ser ellos los héroes que guíen nuevas iniciativas cargando contra aquello que más sensación generalizada de inseguridad despierte y, ya de paso, aumentar la cantidad de votos que acaparar.

Desde la época colonial pobladores y observadores extranjeros consideraron el Nuevo Mundo como una Nueva Tierra Prometida, un lugar donde el hombre, corrompido en el Viejo Mundo, habría renacido regenerado”.

El hombre siempre ha buscado conquistar un orden moral utópico, tampoco resulta especialmente llamativa la búsqueda de la perfección humana a través del Estado del caso norteamericano. Aquel que quiera indagar en ello, le recomiendo buscar “hombre nuevo” y observar en que sociedades y de qué manera se ha intentado reformar la humanidad utilizando la maquinaria estatal.

-Mojigatería: preparando el escenario para la Guerra contra las Drogas

“No hace mucho, América estaba en paz con las drogas. (…) El pueblo no consideraba las drogas como prototipo de la clase de peligro que requiere la protección del gobierno, y no existía nada remotamente parecido al ”problema de drogas”, a pesar de que hubiera un libre acceso a todas las drogas que ahora tememos mortalmente. Sería un error suponer, sin embargo, que en aquellos buenos y viejos tiempos los americanos sólo atendían a sus propios asuntos. (…) Entonces se perseguían a sí mismos, y a sus congéneres, por miedo a otros contaminantes peligrosos que amenazaban a la nación; a saber: libros, revistas e imágenes pornográficas.

El aprecio por el valor moral del libre tráfico de ideas e imágenes es una adquisición histórica muy reciente, limitada a sociedades civiles que valoran en alto grado la libertad individual y la propiedad privada. En muchos lugares del mundo actual no hay prensa libre, y la mera idea de oponerse al derecho de la iglesia o del Estado a controlar la información se considera subversiva.

Thomas expone de manera breve, y como ampliaremos a continuación, el escenario previo a que el Estado extendiese sus zarpas e inventase un nuevo chivo expiatorio contra el que cargar para construir esa utopía moral redentora americana. Pero como en aquel entonces, y me atrevo a decir que como siempre pasará mientras perduré la dicotomía “libertad contra seguridad” en el sustrato ideológico social, había otros chivos contra los que actuar y que otorgaban al Estado una condición de “padre protector” hacía sus idiotas y desvalidos súbditos: la obscenidad pornográfica.

La alusión a la alta valoración de la propiedad privada como modo de proteger la libertad de expresión quizás resulte chocante al lector. No obstante, si nos paramos a reflexionar un poco sobre el modo en el que se transmiten las ideas, pronto nos daremos cuenta que sin la protección de ciertos medios materiales sencillamente no puede haber libertad de expresión. Resulta más fácil que nunca mostrar el por qué precisamente en la era de la información en la que vivimos que en ninguna otra; actualmente, cualquiera puede hacer llegar su opinión a través de las redes sociales, páginas webs, comentarios en la prensa online, banderas o pancartas colgadas del balcón de su casa o, si dispone de ciertos recursos más onerosos, su propia cadena de radio o televisión. Ahora imaginad que vuestra parcelita privada en la que expresáis ideas, por ejemplo un perfil en Twitter, Facebook o un canal de Youtube,  fuera prohibida o tuvieseis que pedir permiso por el Estado para poner ciertas publicaciones. ¿Qué libertad de expresión os quedaría si no pudieseis decir lo que quisierais porque en ese momento el líder político de turno quiere ganar votos a costa de prohibir las perversidades que escribís por ahí?

Con las drogas pasa algo análogo. Cuando el Estado nos prohíbe, por ejemplo, cultivar en el jardín de nuestra propia casa marihuana, es obvio que nuestro derecho a las drogas se va por el desagüe como consecuencia de un ataque

directo a nuestra propiedad privada. Por eso, a mi juicio Szasz está en lo correcto, sin que valoremos altamente nuestra propiedad privada no puede haber libertad de expresión.

¿Cuáles fueron los resultados de esa guerra contra la obscenidad, que como aclararemos después, fue previa a la guerra contra las drogas?
“La serpiente de las Escrituras resurgió de nuevo asumiendo la máscara de “obscenidad y pornografía”, y súbitamente libros como Fanny Hill e imágenes de mujeres semidesnudas se convirtieron en espantosas amenazas para el bienestar de la nación. De ahí que el país declarase la guerra contra la obscenidad, y pronto tuviera un zar de la censura a quien se confió la tarea de acabar con ella. Este zar fue Anthony Comstock.”

Tal como los esfuerzos de William Bennett fueron entorpecidos por quienes defendían la venta de drogas, los de Anthony Comstock lo fueron por personas que apoyaban la obscenidad, entre ellas Margaret Sanger, pionera feminista y defensora del control de la natalidad.”

Con el fin de proporcionar a las mujeres lo que ahora llamamos educación sexual, Sanger escribió una serie de artículos para el periódico socialista Call. Su publicación se interrumpió, sin embargo, cuando Comstock anunció que “un artículo sobre la gonorrea violaba los límites del gusto público.

En 1913, dos años antes de su muerte, Comstock presentó este recuento de sus hazañas: “En los cuarenta y un años que ocupé este puesto he condenado a suficientes personas como para llenar un tren de pasajeros de sesenta y un vagones, de los que sesenta contendrían sesenta pasajeros cada uno y el sesenta y uno estaría casi lleno. He destruido ciento sesenta toneladas de literatura obscena”.

“Comstock murió en 1915, y al año siguiente el gobierno retiró sus cargos (45 años de prisión) contra la señora Sanger.”

¿Increíble no? No es quizá menos preocupante el miedo que sentían los norteamericanos de entonces hacía la pornografía que el actual miedo que sentimos ahora hacía las drogas. Aun así, y con una legislación que mermaba el activismo en la pobre posibilidad de difusión informativa que había antes comparativamente a la actual, ciertas personas se atrevieron a pensar diferente y esas ideas triunfaron.

Eso debería hacernos entender que  es posible creer en un cambio, sobre todo en la era de la información. La clave es: ¿Son nuestras ideas preferibles? Si lo son, y si la democracia funciona a base de vender premisas electorales que compren los votantes, no queda otra que cambiar la idea que tienen esos votantes respecto a las drogas para forzar a los políticos a participar en ese debate en favor de nuestras ideas y no de otras.

El objetivo es, entonces, la difusión y la batalla de las ideas. Decía Victor Hugo “No existe nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Creo que tenía mucha razón.

En el siguiente artículo acabaremos de entender la semejanza argumentativa entre los motivos que se exponían para sostener la guerra contra la obscenidad y algunas de las premisas que a día de hoy mantienen viva la guerra contra las drogas. Además de estudiar otros argumentos prohibicionistas.

Libertad y buenos humos

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Katalepsis

Economía, Filosofía & Política

Nintil

Veritas gratia veritatis

A %d blogueros les gusta esto: