Que se nos escuche a todos, no a la mayoría

Censura mafalda
Corren tiempos de cambio, no hay duda: seis años de crisis son muchos. Ya pocos recordamos cuando en tiempos mejores las tiendas, los bares, los cines estaban llenos y no se hablaba de recortes ni de miseria generalizada porque, aun con los precios de los pisos y la gasolina subiendo, teníamos trabajo y éramos ricos.
Ese «sueño», esa «ilusión» o esa «burbuja» se ha acabado. No es mi intención hablar aquí de las causas —daría para mucho—, sino introducir lo obvio: que la mayoría de nosotros somos más pobres, estamos desesperados y queremos soluciones rápidas.

¿Cuáles son las respuestas que se plantean a esta situación?
Que la mayoría se pronuncie y las respuestas vayan de abajo hacia arriba, o en otras palabras: democracia real y que mande el pueblo.
A partir de aquí, trasladamos lo que en principio parecen buenas intenciones con aire fresco a ponernos unas cadenas democráticas en las que, por querer votarlo todo, y en el mejor de los casos, las mayorías acabarán aplastando a las minorías.

Parece mentira pero es algo evidente: la democracia no es un fin. Tampoco es un valor ético. La democracia es un sistema útil para tomar ciertas decisiones, pero no todas. Entre muchas de las cuales están las que afectan a nuestras libertades más básicas, por ejemplo: la libertad de expresión.

La libertad de expresión es algo que no se pone demasiado en duda. Sin embargo, ya comienzan a aparecen partidos que, vendiendo democracia y con el supuesto objetivo de aumentar esta libertad, nos proponen silenciosamente reducirla con la finalidad última de conseguir votos y aumentar su poder.

“Democratizar los medios de comunicación”, “que la sociedad civil se vea reflejada”, “asegurar la veracidad”, “una parte de los medios este bajo el control del gobierno” y “sin condicionantes de empresas privadas” son palabras textuales de ese partido.
Supuestamente, según plantea esta formación, existe un malvado mundo empresarial que controla los medios y nos da información adecuada para sus propios fines. Ante esto, tenemos que resguardarnos con una herramienta que nadie se atrevería a criticar: el control democrático.

¿Estamos manipulados por una casta de empresarios que quieren mantener su monopolio informativo en los medios?
Mi opinión sincera es que si esto es así, no son demasiado listos. Aquel que haya pinchado el link anterior, o no viva aislado debajo de una piedra en Marte, se habrá dado cuenta de la inmensa propaganda que actualmente recibe el portavoz Pablo Iglesias catapultándole como primera fuerza política en intención de voto según el CIS, siendo precisamente él quien ha propuesto un control democrático de los medios.

¿Es que los medios de comunicación quieren hacerle propaganda a Podemos para que ganen las elecciones y les expropien ese poder?
No. LaSexta, Cuatro, todas las cadenas le dan al consumidor lo que quiere, ni más ni menos. Están condenados a tener que enseñar a Pablo Iglesias si es que esto vende, por lo mismo que ponen dibujos animados por la mañana, Los Simpsons a la hora de comer, marujeo por la tarde o películas por la noche: la audiencia siempre manda. Ellos están secuestrados por nosotros, los consumidores, y no al revés.

¿Cómo hacer que los medios privados muestren veracidad?
Lo que es verdad y mentira depende de una profunda reflexión. Hay infinitas maneras de ver el mundo, por eso existen toda clase de medios con ideologías diferentes. ¿O es que el telediario de Intereconomía nos muestra lo mismo que LaTuerka? ¿Acaso Público sí tiene información verídica y El Confidencial no? ¿Es el Blog de Punset más acertado que el del mismo Pablo Iglesias?

No creo que exista absolutamente nadie que tenga una visión objetiva de todo lo que pasa en cada momento, ni mucho menos que la verdad se alcance por consenso democrático. ¿Vosotros sí? ¿Creéis que lo que aparece en mi cuenta de Twitter debe votarse democráticamente para asegurar su fiabilidad?

¿Democratizando los medios, podemos conseguir que la sociedad civil se vea reflejada?
Vamos a imaginar el mejor de los escenarios, una fantasía en la que tenemos todo el tiempo del mundo para informarnos de las opiniones que queremos recibir, las que quieren recibir los demás y votarlo en asamblea para cada uno de los medios con el objetivo de vernos reflejados. Obviamente, no habrá una opinión unánime del contenido. Por ello, precisamente, los canales actuales emiten cosas diferentes.

¿Se verán reflejadas aquellas opiniones minoritarias?
No, en ese mundo imaginario las opiniones minoritarias no existen si las mayoritarias no se lo toleran. Pero lo peor es que ni siquiera vivimos en ese «mundo ideal», porque el control de los medios públicos no lo ejerceríamos nosotros mediante voto directo, sino mediante representantes.

Como conclusión: un control democrático de los medios públicos no es otra cosa que otorgarles a nuestros representantes el poder de comunicar lo que, con suerte y si hay transparencia absoluta, será sólo una opinión mayoritaria en todos aquellos canales que decidamos entregarles, y así, convertiremos la libertad de expresión en la que cada uno pueda decir lo que quiera dentro de su parcela privada, bajo la censura de las mayorías.

Libertad y buenos humos

Escrito para SFL Barcelona

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